La historia de la Matraca

“Quiero un vestido tirolés”

Así me pasé todas las vacaciones, dando la matraca, hasta que conseguí que me lo compraran. Tenía 8 años.

Recuerdo con cariño aquellos inolvidables veranos, en los que mis intrépidos padres recorrían Europa en caravana con cuatro niñas pequeñas, inculcándonos el amor por viajar, por explorar y conocer cosas nuevas. Ese mes de agosto visitábamos Austria.

Años más tarde, resurgió otra vez aquel espíritu viajero que cultivé de niña y, tras licenciarme en Biología, me fui a Escocia con una beca en microbiología. La beca me supo a poco y, cuando se acabó, busqué trabajo para poder quedarme más tiempo.

Así fue como, con una mezcla de miedo y emoción, empecé a trabajar en la industria del petróleo.

Corría el año 1996…

Una aventura de película

Aquella fue una de las experiencias más alucinantes de mi vida. Descubrí un mundo nuevo. Alternaba mi trabajo en el laboratorio de Aberdeen, con las visitas al campo de explotación del desierto del Sahara y del Mar del Norte. Allí, los desplazamientos se hacían en jet privado, en avioneta y en helicóptero, como en las películas.

Viví momentos intensos y aprendí muchísimas cosas. Pero, sobre todo, a superarme a mí misma y a ser respetada y valorada en un país extraño y en un sector que históricamente había estado gobernado por hombres.

Y es que siempre me han gustado los retos. Soy Tauro y de Bilbao. Y se me nota. Si quieres que haga algo, basta con que me digas: ¡a que no hay!

Y voy y lo hago.

Después de cinco años increíbles en Escocia sentí que echaba de menos la luz, el sol y las aceitunas y me fui a vivir a Toulouse, la ciudad rosa. Recorrí parte de Francia y aprendí a desenvolverme en la lengua local. Pero, después de doce meses sabáticos, me entraron ganas de pasar a la acción de nuevo y empecé a buscar trabajo como comercial.

La vuelta a casa

Tuve la suerte de que me contrataran en un laboratorio farmacéutico para hacer visita médica en Bilbao y regresé a casa. Pero duré poco, porque unos meses después surgió una vacante en el departamento de marketing de la central, en Madrid, y allí que me fui.

Ese primer contacto con el marketing despertó a la pequeña bestia que llevo dentro.

Al mismo tiempo que aprendía sobre el terreno, empecé a formarme haciendo todos los cursos que merecían la pena sobre publicidad, marketing, comunicación, diseño gráfico, copywriting… y a consumir toda la literatura que encontraba al respecto.

Este es un mundo tan amplio y tan cambiante, que parece que jamás estás completamente al día. Hay que aprender constantemente.

Durante 16 años he trabajado en cuatro empresas, siempre en departamentos de marketing y ventas. En la última, en la que estuve 11 años, acabé en el Equipo de Dirección. Eso me proporcionó una visión estratégica, capaz de integrar las necesidades (muchas veces opuestas) de todos los departamentos.

Aprendí a gestionar todos los aspectos de la compañía: inversiones, ventas, retorno y beneficios. Aprendí a motivar y formar al personal, a estudiar estrategia, a hacer y rehacer planes. Y siempre desde el mundo real, donde la competencia no descansa y donde siempre aparecen nuevos problemas que requieren adaptarse.

No sabía lo útil que me iba a resultar todo eso años más tarde.

Otro giro radical en mi vida

Hace tres años recibí el regalo más increíble que pudiera recibir: ¡me quedé embarazada de mellizos!. Así que dejé un estupendo trabajo por cuenta ajena y, después de media vida fuera del Botxo, decidí volver a casa (como el turrón) para volcarme en la maravillosa tarea de ser madre por partida doble.

Madre mía, ¡que felicidad y que sueño a la vez! Como digo siempre: dormimos poco, pero nos reímos muchísimo.

Y, sobre todo, ¡cuánto he aprendido en estos tres años! Una vez más, he descubierto que con ilusión y ganas no existen las misiones imposibles. Tan es así que, después de dedicarme en exclusiva a estar con mis hijos durante sus primeros 18 meses de vida, decidí que era hora de volver a trabajar.

Pero esta vez quería hacerlo a mi manera. Quería ayudar a otras personas aportándoles todos los conocimientos y experiencia que he ido adquiriendo a lo largo de mi vida laboral y personal: mis errores, mis aciertos. Mis miedos iniciales, mis éxitos.

Así que, echando mano de todos los recursos que aprendí en mi etapa directiva, decidí emprender y formar mi propia empresa de consultoría en marketing digital.

Y, en memoria de aquel vestido Tirolés que conseguí a base de mucha perseverancia, le puse por nombre La Matraca.

Y así empezó, hace unos pocos meses, la última gran aventura de mi vida.

Hoy la Matraca es un tren en marcha, asesoro a varias empresas, pero siempre tendré un hueco para ti si piensas que puedo ayudarte a aligerar tus cargas y explorar nuevos caminos.

Si te apetece que hablemos, escríbeme y cuéntame qué necesitas.